EDUCACIÓN VIRTUAL
Enero 13, 2026

Durante años, los estudiantes han experimentado las actividades de lectoescritura como un trámite para aprobar sus materias: escribir textos a partir de lecturas asignadas solo para demostrar que sí cumplieron.
Sin embargo, el impacto de la lectoescritura en el aprendizaje va mucho más allá de esa función instrumental. Frente al uso creciente de aplicaciones para generar texto y métodos pedagógicos emergentes, mantener este enfoque resulta insuficiente o contraproducente para la formación de profesionales con altas habilidades.
La incorporación de nuevas herramientas tecnológicas invita a repensar la lectoescritura como un espacio clave para el aprendizaje profundo y el desarrollo del pensamiento crítico, competencias esenciales en la formación actual. A lo largo de este artículo, exploramos algunas estrategias para fortalecerlas.
Las nuevas herramientas que nos permitan leer y escribir texto van a redefinir la manera en qué entendemos la alfabetización académica pero, sobre todo, cambiará la manera en que se enseñan, se evalúan y se realizan determinadas tareas.
Las actividades para mejorar la lectoescritura ya no se pueden limitar a reproducir información porque es cierto que modelos generativos, como ChatGPT, ya pueden hacerlo. Pero cuando se necesite procesar, interpretar y contrastar información, el criterio humano sigue siendo indispensable.
En términos de innovación educativa, algunos ejemplos de lectoescritura aplicada a la enseñanza son los siguientes:
Un estudiante de Derecho debe aprender un concepto teórico clave de su disciplina, como el principio de legalidad o la proporcionalidad. Para hacerlo tiene que explicar por escrito cómo estos conceptos se aplican en un caso real, reconociendo sus alcances y límites.
Una gestora cultural debe presentar un proyecto de intervención como trabajo final de su maestría. Para hacerlo, presentará dos propuestas identificando cuál es la más adecuada para las necesidades de la comunidad.
Una estudiante de medicina tiene que analizar cómo el sistema de salud pública se debe preparar para responder a una pandemia. Para hacerlo, tiene que revisar distintas lecturas, casos previos y bibliografía técnica para interpretar cómo podría abordarse un nuevo escenario sanitario.
Cuando una persona lee y escribe con intención formativa no solo incorpora información nueva, también activa una cadena de procesos cognitivos clave:
comprende el texto → organiza ideas → evalúa lo que sabe → identifica nuevas ideas
Este recorrido activa la metacognición, que es la capacidad de reflexionar sobre qué se aprende, cómo se aprende y con qué nivel de comprensión. En el contexto universitario esto resulta fundamental porque aprender no consiste en acumular contenido, sino en identificar vacíos, ajustar interpretaciones y construir sentido a partir de la experiencia académica.
Un plan de lectoescritura también favorece un aprendizaje más profundo al exigir que el estudiante tome decisiones cognitivas de manera consciente:
seleccionar información → relacionar ideas → justificar una postura
Al leer y escribir críticamente, las personas aprenden a contrastar argumentos y evaluar la calidad de las fuentes para tener mejor control de sus argumentaciones o acciones en casos de intervención real.
No todas las actividades para mejorar la lectoescritura generan aprendizaje profundo, pero algunas prácticas bien alineadas con la innovación pueden aplicarse con éxito en el contexto universitario:
Integrar actividades de lectoescritura, desde la innovación educativa, es una decisión pedagógica estratégica para formar estudiantes capaces de pensar, reflexionar y aprender de manera autónoma. Esto implica diseñar actividades que vayan más allá del resumen o la repetición de contenidos, sino que exijan interpretarlos: es decir, crear verdaderas experiencias de aprendizaje.
Cuando estos procesos se acompañan con criterios claros, la lectoescritura deja de funcionar únicamente como herramienta de evaluación, consolidándose como un medio para pensar, aprender y decidir con mayor autonomía. El reto para la educación superior está en asumirla no como un resultado a medir, sino como una práctica clave para construir conocimiento.
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